Documenal Poesía a cielo abierto, Encuentro de poesía chilena, Valparaíso 2010

Discurso de Lanzamiento en Pinacoteca Universidad de Concepción

Permítanme esta nota al pié de página tan necesaria antes de comenzar a tocar y digo tocar porque un conocido que disfruta de los privilegios de su anonimato, que se fue haciendo amigo en esta estación de otoño, me dijo que la poesía es como el jazz, que “hay que ver como suena en vivo”. Pues bien, he afinado a mi manera estos trenes de juguete durante estos años universitarios para hacerlos volar justamente hoy, desde adentro del bello vagón que es este libro. El tren de juguete es la poesía que se detuvo en mí de tres maneras parecidas. Siempre abriré este libro invocando aquella locomotora imaginaria para que en ella se suban los que quieran, como el día de hoy.

¡Qué cosa más extraña es ser poeta joven!. Pregunto: ¿Qué es ser poeta joven? yo no lo sé. Lo cierto es que algunos de ellos están enraizados a la vida, y eso a veces duele. Lo sintió Claudio Contreras, el mejor cuentista que ha pasado por la carrera de Pedagogía en Español en estos últimos años en ésta Universidad. Decidió irse por voluntad propia a los veinticuatro, dejándonos las pistas de esos dolores de vida y de joven escritor incomprendido, en sus bellos cuentos que brotan de pronto, entre fotocopia y fotocopia. Diría, con humildad de Puertomonteño, o puertomontuso, como dirías los poetas del sur de Colombia, que es bueno leer al gran filósofo y crítico literario Guilles Deleuze, y a Borges, claro, pero también es profundamente necesario, leer y valorar a nuestros pares locales. Entender en definitiva que los procesos de creación están vivos.

Algunos sostienen que ya no hay nada más que decir. Bueno, ¿ y cual es el problema con aquello?. De todas formas hay poesía que no se escribe. Por eso es difícil la pregunta que nos dejó Octavio Paz: ¿No sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida? puede ser…Lograr ver a ese joven Bolaño que si la imaginación me alcanza, debe haber estado sentado en esta misma sala años atrás, algo aburrido en un lanzamiento parecido, cuando pasó por esta Universidad.

Termino esta nota recordando un acontecimiento que permitió la publicación del libro que hoy presento. Cuando recibí aquella llamada en una mañana de octubre en el corazón mismo de la población Agüita de la perdiz, ese pequeño Macondo olvidado que está detrás del barrio Universitario, detrás de Concepción y casi detrás de la historia. Bajé por la callé principal, Michimalonco, hasta llegar a leer al céntrico Santiago, a su centro mismo, en la plaza de Armas junto a poetas de distintas latitudes del mundo. Israel Encina que ahora anda por Alemania, amigo artista que en esos días de lluvia habitaba al igual que yo en la Agüita, y que había visto zarpar su casa arrendada calle abajo en un mar de barro, estaba feliz esa mañana de café y pan con margarina. Porque el Premio Nacional de poesía joven no era una celebración personal pues venía a impulsar a un grupo de amigos que nos relacionábamos con la literatura de manera parecida. Es que podíamos llegar al centro, centro que es metáfora pura, esa era la real celebración.
Hoy me toca cerrar gratamente esta etapa con ustedes. Bajo Las tres estaciones de un tren de juguete. Y echar a andar de una vez la locomotora.
Agradezco al Doctorado de Literatura Latinoamericana de la Universidad de Concepción dirigido por el profesor Gilberto Triviños, a la serie cuadernos de Atenea y su director Mario Rodríguez por esta publicación terrible y escandalosa para los escépticos, que viene a renovar y reafirmar a fin de cuentas otra dirección y forma de entender el ejercicio poético. Al departamento de Español representado por Edson Faundez y en especial a Clicie Nunes por la amable traducción del prólogo en portugués, a Gonzalo Garcés fotógrafo incondicional. A Marcelo Garrido, y a quienes han venido a presenciar este acontecimiento que viene a ser algo así como una ceremonia ritual de iniciación hacia esa “otra voz”. A mis amigos, esa “legión de ángeles clandestinos”, y a Carolina por su puesto.

Oscar Petrel