Lo que hablamos con Petrel en el coche-comedor de su tren de juguete entre la tercera y la cuarta estación. Por Marcelo Garrido *
Cero
La vieja y la joven poesía, pero la poesía, sólo la poesía, la poesía sin tiempo, simplemente poesía; el asombro aún en las ordenadas y regulares calles de la ciudad de la razón. Quiero comentar con ustedes, brevemente, este porfiado asunto de la poesía, pero no a propósito de mis incertidumbres, sino que con motivo de la publicación del libro la tres estaciones de un tres de juguete, libro que recoge la experiencia poética del poeta Oscar Petrel.
Uno
Es cada vez más frecuente oír y leer consignas que celebran la muerte de la escritura poética, la imposibilidad de la poesía en un contexto que no hace sino acumular significantes. Como ya es tradición en el espacio latinoamericano, si arriba cantan abajo hacemos coro; por lo mismo, unos cuantos, sin entender mucho de qué diablos se trata esto de la muerte del arte, le clavan a sus poemas sus más desesperadas cuchilladas esperando contemplar cuan bello es el cadáver. Desde que conozco la poesía de Oscar, justo el año en el que entró a estudiar pedagogía en español, se me hizo evidente su compromiso con la escritura, su sencilla practica de lo complejo y su compleja visión de la simple presencia de las cosas. Entre escribir y tratar de escribir poemas hay una gran diferencia, un enorme abismo, enorme como la distancia que hay entre ser y tratar de ser poeta, por muchas, sofisticadas, amables y educadas razones que busquen justificar el intento. La poesía no tiene que ver ni con intentos ni con experimentos, sino que con el encuentro de la experiencia con la memoria. Desde que conozco la poesía de Oscar, justo el año en el que abandoné por esto y lo otro las mesas de lectura, me llamó la atención la certeza con la cual entraba en la escritura, sin ostentación ni soberbia, respetuoso del valor que la poesía otorga al encuentro entre los hombres y la palabras. No supe de Oscar hasta unos buenos años después y es claro que para la poesía joven y para Oscar esos fueron unos buenos años.
Dos
Entonces, lo anterior, me pone en cuestión y decido presentar el libro de Oscar buscando un lugar, un espacio entre mis estudios de literatura y mi escritura poética.
El año 1996 estuvo aquí en Concepción, en la librería Alar invitado por Omar Lara, el poeta Jorge Teillier, No pude escucharlo leer y solo vi al poeta sosteniendo con elegancia una copa de vino tinto. Pero en su presencia pude ver como toda su poesía cobró presencia. Teillier, nombró poesía de los lares a aquello inefable, la infatigable fugacidad que tiñe el eco de la memoria, la persistencia de la materia en nosotros. La naturaleza de la poesía de Oscar se hermana con la del poeta de los dominios perdidos y digo que se hermana, porque no se contenta con preservar el instante en la corrupción del tiempo, no limita su voz al simple robo a la memoria, sino que recupera aquellos dominios, los encuentra en la escritura y los dice generosamente, construyendo de esta forma una imagen del presente más crítica de la aparatosa maquinaria posmoderna, quienes reiteran la poesía de Teillier, no entienden que la valiosa y viril fuga de su escritura no es la del recuerdo por el recuerdo, sino que la producción de una absoluta memoria “que dobla el presente, que redobla el afuera, y que se identifica con el olvido, puesto que ella misma es sin cesar olvidada para ser rehecha” (Deleuze). Las tres estaciones de un tren de juguete, no son sino cortes que la escritura le hace al murmullo del lenguaje. Las palabras, no las descubre el poeta, ya lo sabemos, sin embargo él viaja en ellas, se mueve en ellas y se detiene para que aborden en su artificio los pasajeros de la memoria. Ha sido necesario ir al encuentro de esas múltiples experiencias. En esta determinación, obstinada impaciencia, se articula el itinerario poético de este libro, que como podemos ver, tampoco es un libro sino que tres estaciones en las cuales la poesía recoge el material de la experiencia humana. Oscar, dice que son tres estaciones, porque la poesía se le da en la escritura de este libro de aquellas tres formas y sí, es cierto que la mirada, el ojo de su escritura ofrece tres miradas que se articulan como un juego. Así el juego, celebración gozosa de la vida, permite abrir la nostalgia, entregar su sencilla materia a la experiencia del canto.
Tres estaciones disponen la espacialidad del juego, así la voz se moviliza desde la voz de los otros –“dicen que ellos dicen”- desmontando y rescribiendo decires, desmitificando relatos, arrastrando a la claridad fraterna del verso el origen gastado de bellas historias, para luego perderse hasta encontrarse con sujetos comunes, en los que reconoce el misterio sencillo de la existencia que no por sencillo y común será menos misterio. Así, con estas profundas certidumbres la voz arriba hasta a la última estación, en donde otros compañeros se reparten el pan untado de realidad y memoria, palabras claras adheridas a las cosas, el espacio en donde copula el sonido con la materia para engendrar el cuerpo de la felicidad y la desdicha humanas.
La escritura de este libro abre espacios y se mueve en ellos; en el ir y venir del juego, la poesía no gira sobre sí misma, no se agota dudando de sí, no tiene como fin el libro; de esta forma, Oscar Petrel se desmarca del ensimismamiento tan habitual a la poesía en boga y abre el radio de su soledad para entrar en contacto con otros, se deja afectar y se transfigura no en algo difícil, sino que en un territorio habitable en donde cualquier gesto instiga la realidad con su capital poético. Esa constatación, la de una relación poética con la realidad, define particularmente el oficio poético de Oscar Petrel, lo que sus poemas recogen no son retorcidas maquinaciones retóricas de la nada y el espanto, sino más bien la existencia experimentada poéticamente. Esto, en apariencia tan simple, no podría ser posible sin una rigurosa disciplina de la mirada, una ética de la mirada que supera el dilema torpe de la página en blanco y que se arriesga en la posibilidad siempre necesaria de encontrar al mundo al otro lado de esa página, dicha más que escrita. El tartamudeo, cuando es necesario, cuando viene de una inquietud espiritual dice tanto como el más sencillo ejercicio de la voz, esto lo sabía Teillier y sobre esta certeza hizo su escritura; pero si ese tartamudeo no tiene asidero en la costumbre lastimada, si sólo es la manía desordenada y sorda de un fuego sin brasa, entonces no es nada, sólo un ruido sin demonio. El libro que hoy nos entrega Petrel, señala una toma de realidad, nada de ambigüedad hay en el gesto, asume una tarea, una labor cosa tan difícil en un espacio en donde a menudo se hace como que se escribe, se escribe para no escribir, se escribe no escribiendo, se escribe para que otros digan que se escribe, se escribe para evitar que otros lo hagan o bien, se escribe porque otros lo hacen, no entienden que la poesía ni tiene que ver solamente con la escritura ni la escritura se las ve muchas veces con la poesía. La poesía, y así lo entiende el autor de este libro, es la naturaleza de la experiencia humana como decisión, es decir, un diálogo que se asume con la realidad para transfigurarla y hacerla decir lo que no acostumbra. Este esfuerzo poético, generoso, por lo demás, enriquece el espacio poético, no sede a la rutina manida de acalorados laberintos, se pierde más bien en las simples calles de la ciudad o de un pueblo, en la orillas de una playa o en el oleaje mismo, encontrando en su vagabundeo motivos humanos con las cuales dar cuenta de la vida en su más ingente y urgente pálpito: Mientras otros, afiebrados por el falso oropel de la imágenes y el ingenio, pueblan de enigmas la paciencia; Petrel, impaciente, se deja decir por otros para compartir con ellos en las estaciones de la experiencia; el tren de juguete, este devenir intensificado de la poesía, máquina de múltiples velocidades, le permite ir y encontrar más allá de las palabras lo que las palabras todavía permiten, encontrarse y seguir juntos en busca de un pueblo que habitar.
Tres
Quisiera comentar por último, valiéndome de una cita tomada a María Zambrano; un aspecto fundamental en la escritura de este libro, primero la cita: “Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas”. En esta coordenada se instala Petrel, o bien por esta línea corre el tren de su escritura. Hay una memoria colectiva, pero sólo accedemos a ese espacio desde nuestra soledad. Nuestra memoria, la que nos ha forjado el instante que nos permite reconocernos en ella, debe ser defendida. Y es claro que esta defensa, la escritura, sólo será posible si puedo nombrarla para que en la memoria del mundo la voz de mi memoria tenga un lugar. Este esfuerzo, vuelvo a decir, arrastra consigo a otros que juntaron su soledad a la mía y han hecho posible mi memoria, por lo tanto si logro comunicar este evento de mi soledad poblada, mi lugar en la memoria del mundo será también el lugar de aquellos. La experiencia no es sino la forma en que he ido experimentando en otros y con otros la existencia. Este gesto está presente en la poesía de Petrel, y es quizá su poder más profundo, su soledad es una soledad habitada, una memoria abierta por encuentros hecha para que allí el lector o quien escuche encuentre su lugar. En poemas de tan notable factura como “Adán”, celebrado por Alfonso Romano, poeta brasileño, como un canto desvergonzado al eros humano o en el entrañable “había una vez”, poema que reescribe y desnuda el relato amoroso infantil o en la segunda serie de poemas, poblado por sujetos oscuros que se iluminan de pronto por el peso de su aparición en el mundo y cuya naturaleza común es la razón de su excepción como “el borracho de la esquina” o en el conjunto final, el de los compañeros de juego, en donde las condiciones de la experiencia son la clave para reconocernos como parte de un mismo pueblo como en “canto de poblaciones”, este gesto se reitera, en cada uno de estos poemas la soledad se ha hecho comunicable y entendemos porque la poesía no ha dejado de ser el arte del encuentro, como dice Facundo Cabral hablando de Vinicius.
Volviendo a las palabras de María Zambrano “el poeta dice con su voz la poesía, el poeta tiene siempre voz, canta y llora su secreto”, pero este secreto es un don para compartir, de esto Oscar Petrel nos habla en su libro, la poesía no está ahí para espantar la alegría o la tristeza con la estridencia de un estallido, sino que bien puede ser el canto en el que dichas y desdichas nos devuelvan las preciosas materias humanas.
Por lo mismo, por lo dicho hasta acá, por la poesía es que Oscar despide su libro con estos precisos versos:
“Algo nos dice que no nos volveremos a ver
Y creemos en ello
Porque tú y yo sabemos
Que es la única forma
La verdadera forma de
Volvernos a encontrar.
Y sin embargo nos miramos repletos
Colmados de felicidad.”
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Marcelo Garrido: Poeta y Profesor de Literatura en la Universidad de Concepción.
Cero
La vieja y la joven poesía, pero la poesía, sólo la poesía, la poesía sin tiempo, simplemente poesía; el asombro aún en las ordenadas y regulares calles de la ciudad de la razón. Quiero comentar con ustedes, brevemente, este porfiado asunto de la poesía, pero no a propósito de mis incertidumbres, sino que con motivo de la publicación del libro la tres estaciones de un tres de juguete, libro que recoge la experiencia poética del poeta Oscar Petrel.
Uno
Es cada vez más frecuente oír y leer consignas que celebran la muerte de la escritura poética, la imposibilidad de la poesía en un contexto que no hace sino acumular significantes. Como ya es tradición en el espacio latinoamericano, si arriba cantan abajo hacemos coro; por lo mismo, unos cuantos, sin entender mucho de qué diablos se trata esto de la muerte del arte, le clavan a sus poemas sus más desesperadas cuchilladas esperando contemplar cuan bello es el cadáver. Desde que conozco la poesía de Oscar, justo el año en el que entró a estudiar pedagogía en español, se me hizo evidente su compromiso con la escritura, su sencilla practica de lo complejo y su compleja visión de la simple presencia de las cosas. Entre escribir y tratar de escribir poemas hay una gran diferencia, un enorme abismo, enorme como la distancia que hay entre ser y tratar de ser poeta, por muchas, sofisticadas, amables y educadas razones que busquen justificar el intento. La poesía no tiene que ver ni con intentos ni con experimentos, sino que con el encuentro de la experiencia con la memoria. Desde que conozco la poesía de Oscar, justo el año en el que abandoné por esto y lo otro las mesas de lectura, me llamó la atención la certeza con la cual entraba en la escritura, sin ostentación ni soberbia, respetuoso del valor que la poesía otorga al encuentro entre los hombres y la palabras. No supe de Oscar hasta unos buenos años después y es claro que para la poesía joven y para Oscar esos fueron unos buenos años.
Dos
Entonces, lo anterior, me pone en cuestión y decido presentar el libro de Oscar buscando un lugar, un espacio entre mis estudios de literatura y mi escritura poética.
El año 1996 estuvo aquí en Concepción, en la librería Alar invitado por Omar Lara, el poeta Jorge Teillier, No pude escucharlo leer y solo vi al poeta sosteniendo con elegancia una copa de vino tinto. Pero en su presencia pude ver como toda su poesía cobró presencia. Teillier, nombró poesía de los lares a aquello inefable, la infatigable fugacidad que tiñe el eco de la memoria, la persistencia de la materia en nosotros. La naturaleza de la poesía de Oscar se hermana con la del poeta de los dominios perdidos y digo que se hermana, porque no se contenta con preservar el instante en la corrupción del tiempo, no limita su voz al simple robo a la memoria, sino que recupera aquellos dominios, los encuentra en la escritura y los dice generosamente, construyendo de esta forma una imagen del presente más crítica de la aparatosa maquinaria posmoderna, quienes reiteran la poesía de Teillier, no entienden que la valiosa y viril fuga de su escritura no es la del recuerdo por el recuerdo, sino que la producción de una absoluta memoria “que dobla el presente, que redobla el afuera, y que se identifica con el olvido, puesto que ella misma es sin cesar olvidada para ser rehecha” (Deleuze). Las tres estaciones de un tren de juguete, no son sino cortes que la escritura le hace al murmullo del lenguaje. Las palabras, no las descubre el poeta, ya lo sabemos, sin embargo él viaja en ellas, se mueve en ellas y se detiene para que aborden en su artificio los pasajeros de la memoria. Ha sido necesario ir al encuentro de esas múltiples experiencias. En esta determinación, obstinada impaciencia, se articula el itinerario poético de este libro, que como podemos ver, tampoco es un libro sino que tres estaciones en las cuales la poesía recoge el material de la experiencia humana. Oscar, dice que son tres estaciones, porque la poesía se le da en la escritura de este libro de aquellas tres formas y sí, es cierto que la mirada, el ojo de su escritura ofrece tres miradas que se articulan como un juego. Así el juego, celebración gozosa de la vida, permite abrir la nostalgia, entregar su sencilla materia a la experiencia del canto.
Tres estaciones disponen la espacialidad del juego, así la voz se moviliza desde la voz de los otros –“dicen que ellos dicen”- desmontando y rescribiendo decires, desmitificando relatos, arrastrando a la claridad fraterna del verso el origen gastado de bellas historias, para luego perderse hasta encontrarse con sujetos comunes, en los que reconoce el misterio sencillo de la existencia que no por sencillo y común será menos misterio. Así, con estas profundas certidumbres la voz arriba hasta a la última estación, en donde otros compañeros se reparten el pan untado de realidad y memoria, palabras claras adheridas a las cosas, el espacio en donde copula el sonido con la materia para engendrar el cuerpo de la felicidad y la desdicha humanas.
La escritura de este libro abre espacios y se mueve en ellos; en el ir y venir del juego, la poesía no gira sobre sí misma, no se agota dudando de sí, no tiene como fin el libro; de esta forma, Oscar Petrel se desmarca del ensimismamiento tan habitual a la poesía en boga y abre el radio de su soledad para entrar en contacto con otros, se deja afectar y se transfigura no en algo difícil, sino que en un territorio habitable en donde cualquier gesto instiga la realidad con su capital poético. Esa constatación, la de una relación poética con la realidad, define particularmente el oficio poético de Oscar Petrel, lo que sus poemas recogen no son retorcidas maquinaciones retóricas de la nada y el espanto, sino más bien la existencia experimentada poéticamente. Esto, en apariencia tan simple, no podría ser posible sin una rigurosa disciplina de la mirada, una ética de la mirada que supera el dilema torpe de la página en blanco y que se arriesga en la posibilidad siempre necesaria de encontrar al mundo al otro lado de esa página, dicha más que escrita. El tartamudeo, cuando es necesario, cuando viene de una inquietud espiritual dice tanto como el más sencillo ejercicio de la voz, esto lo sabía Teillier y sobre esta certeza hizo su escritura; pero si ese tartamudeo no tiene asidero en la costumbre lastimada, si sólo es la manía desordenada y sorda de un fuego sin brasa, entonces no es nada, sólo un ruido sin demonio. El libro que hoy nos entrega Petrel, señala una toma de realidad, nada de ambigüedad hay en el gesto, asume una tarea, una labor cosa tan difícil en un espacio en donde a menudo se hace como que se escribe, se escribe para no escribir, se escribe no escribiendo, se escribe para que otros digan que se escribe, se escribe para evitar que otros lo hagan o bien, se escribe porque otros lo hacen, no entienden que la poesía ni tiene que ver solamente con la escritura ni la escritura se las ve muchas veces con la poesía. La poesía, y así lo entiende el autor de este libro, es la naturaleza de la experiencia humana como decisión, es decir, un diálogo que se asume con la realidad para transfigurarla y hacerla decir lo que no acostumbra. Este esfuerzo poético, generoso, por lo demás, enriquece el espacio poético, no sede a la rutina manida de acalorados laberintos, se pierde más bien en las simples calles de la ciudad o de un pueblo, en la orillas de una playa o en el oleaje mismo, encontrando en su vagabundeo motivos humanos con las cuales dar cuenta de la vida en su más ingente y urgente pálpito: Mientras otros, afiebrados por el falso oropel de la imágenes y el ingenio, pueblan de enigmas la paciencia; Petrel, impaciente, se deja decir por otros para compartir con ellos en las estaciones de la experiencia; el tren de juguete, este devenir intensificado de la poesía, máquina de múltiples velocidades, le permite ir y encontrar más allá de las palabras lo que las palabras todavía permiten, encontrarse y seguir juntos en busca de un pueblo que habitar.
Tres
Quisiera comentar por último, valiéndome de una cita tomada a María Zambrano; un aspecto fundamental en la escritura de este libro, primero la cita: “Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente, por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas”. En esta coordenada se instala Petrel, o bien por esta línea corre el tren de su escritura. Hay una memoria colectiva, pero sólo accedemos a ese espacio desde nuestra soledad. Nuestra memoria, la que nos ha forjado el instante que nos permite reconocernos en ella, debe ser defendida. Y es claro que esta defensa, la escritura, sólo será posible si puedo nombrarla para que en la memoria del mundo la voz de mi memoria tenga un lugar. Este esfuerzo, vuelvo a decir, arrastra consigo a otros que juntaron su soledad a la mía y han hecho posible mi memoria, por lo tanto si logro comunicar este evento de mi soledad poblada, mi lugar en la memoria del mundo será también el lugar de aquellos. La experiencia no es sino la forma en que he ido experimentando en otros y con otros la existencia. Este gesto está presente en la poesía de Petrel, y es quizá su poder más profundo, su soledad es una soledad habitada, una memoria abierta por encuentros hecha para que allí el lector o quien escuche encuentre su lugar. En poemas de tan notable factura como “Adán”, celebrado por Alfonso Romano, poeta brasileño, como un canto desvergonzado al eros humano o en el entrañable “había una vez”, poema que reescribe y desnuda el relato amoroso infantil o en la segunda serie de poemas, poblado por sujetos oscuros que se iluminan de pronto por el peso de su aparición en el mundo y cuya naturaleza común es la razón de su excepción como “el borracho de la esquina” o en el conjunto final, el de los compañeros de juego, en donde las condiciones de la experiencia son la clave para reconocernos como parte de un mismo pueblo como en “canto de poblaciones”, este gesto se reitera, en cada uno de estos poemas la soledad se ha hecho comunicable y entendemos porque la poesía no ha dejado de ser el arte del encuentro, como dice Facundo Cabral hablando de Vinicius.
Volviendo a las palabras de María Zambrano “el poeta dice con su voz la poesía, el poeta tiene siempre voz, canta y llora su secreto”, pero este secreto es un don para compartir, de esto Oscar Petrel nos habla en su libro, la poesía no está ahí para espantar la alegría o la tristeza con la estridencia de un estallido, sino que bien puede ser el canto en el que dichas y desdichas nos devuelvan las preciosas materias humanas.
Por lo mismo, por lo dicho hasta acá, por la poesía es que Oscar despide su libro con estos precisos versos:
“Algo nos dice que no nos volveremos a ver
Y creemos en ello
Porque tú y yo sabemos
Que es la única forma
La verdadera forma de
Volvernos a encontrar.
Y sin embargo nos miramos repletos
Colmados de felicidad.”
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Marcelo Garrido: Poeta y Profesor de Literatura en la Universidad de Concepción.